Melina Furman: “Sabemos cómo enseñar ‘bien’ pero no cómo ponerlo en práctica”

Por Equipo Santander Post | 04-03-2021 | 23 min de lectura

La bióloga y doctora en Educación hace un repaso a POST de su trayectoria en el sistema educativo. Cuáles son las claves para potenciar a los alumnos y los grandes desafíos del sector en el país.

Potenciar la curiosidad y fomentar el pensamiento crítico, dos objetivos que nunca dejó de perseguir. Inmersa en la educación desde hace más de 20 años, ya sea desde la infancia hasta la vida adulta, Melina Furman, bióloga por la Universidad de Buenos Aires y master y doctora en Educación de Columbia University, EE.UU.  escribe, coordina programas e investiga sobre cómo transcurre la educación en la Argentina. Modelos de evaluación, contenidos, formatos de enseñanza, son algunos de los tópicos que Furman trabaja en su día a día. 

Hoy se desempeña como Profesora Asociada de la Universidad de San Andrés e Investigadora del CONICET. Colabora en conjunto con Ministerios de Educación, empresas y otras organizaciones de toda América Latina. Sus conferencias TEDx como “Preguntas para pensar” y “Nuevas formas de aprender y enseñar en la pandemia” tuvieron una gran repercusión con millones de vistas. Es autora de numerosos artículos académicos y libros, entre ellos “La aventura de enseñar ciencias” y “Guía para criar hijos curiosos”.

¿Qué es lo que más te gusta y atrapa de la educación?

La posibilidad de generar un cambio, de incidir sobre las mentes de alumnos, docentes, de familias, de directivos. De sentir que podemos construir, entre muchos, un futuro distinto. Cuando veo que un alumno entiende algo que no conocía o se le abre una nueva puerta, siento que estoy en el buen camino. Que puedo decir “misión cumplida”. Siento que la educación es la gran avenida de transformación social y que es ahí donde quiero contribuir.

¿Cómo te iniciaste en el mundo de la educación?

Cuando empecé a trabajar en el sistema educativo argentino, venía de un mundo muy distinto porque me recibí primero como bióloga y trabajé unos años en laboratorios, bien de ciencia básica. Muy de a poco empecé a dar talleres de ciencia para niños y para docentes y me fui metiendo en el ámbito educativo dirigiendo un portal de experimentos para chicos de lo que ahora es el Ministerio de Ciencias. Después me fui a estudiar educación a EE.UU y empecé a trabajar en las escuelas de allá. En particular, trabajaba en las escuelas de los barrios de New York donde van las minorías afroamericanas y latinas más vulnerables. Cuando volví a Argentina a trabajar en el sistema educativo fueron años de tremendo aprendizaje.

¿Qué concepción tenías de la educación argentina en ese entonces?

Creo que al comienzo tenía una mirada (como muchos de los que empezamos a trabajar en educación) más ingenua sobre la posibilidad de hacer cambios rápidos. De no tomar conciencia del trabajo que implica hacer cambios sistémicos o de la necesidad esencial de que todos los participantes estén de acuerdo y compartan una visión común. Cambiar las prácticas educativas de los docentes y de los directores, es algo que requiere un cambio muy profundo en la propia concepción pedagógica de cada uno y también la posibilidad de desarrollar nuevas herramientas que llevan tiempo para construir. Creo que con los años fui aprendiendo por la experiencia de las dificultades y con muchas alegrías también de ver que el cambio educativo era posible, pero fui aprendiendo que ese cambio es mucho más laborioso y requiere de más trabajo profundo y consenso de lo que creía cuando recién empecé. 

¿Y ahora? 20 años después…

Tengo cada vez más conciencia de la necesidad de inversión, de planificación sistémica, de garantizar buenas condiciones en todas las escuelas. En todos los sistemas educativos. Desde el jardín de infantes hasta la Universidad. Garantizar condiciones adecuadas de trabajo para los docentes y de aprendizaje para los alumnos. Buenos espacios para aprender, recursos suficientes, docentes bien capacitados. Ahora, con la pandemia, apareció la necesidad imperiosa de cerrar la brecha digital. Argentina tiene una educación profundamente desigual que está en espejo de otros aspectos inequitativos de nuestra sociedad que van más allá de lo educativo. Creo que el gran desafío que tenemos en la educación de nuestro país es justamente romper con lo que en educación se llama, el Efecto Cuna. Este que dice que las posibilidades de vida que tiene cada persona dependen del lugar donde nació. Si vamos a los orígenes de la educación pública de la Argentina con Sarmiento, y aquellos que pensaron una educación de calidad para todos, aún estamos lejos de que eso suceda y hay que seguir trabajando fuertemente para lograrlo. 

Si tuvieras que definir a la educación argentina en una palabra ¿Cuál sería? ¿Por qué?

Me cuesta decirte una sola palabra, pero te digo algunas. Primero creo que es una educación en la que los docentes ponen mucho el cuerpo y mucha voluntad de conectar con los alumnos. Lo veo en todas mis investigaciones y hay algo muy valioso en el compromiso de muchísimos y muchísimas docentes y directivos para que las escuelas funcionen y sean un espacio de crecimiento para los chicos y adolescentes. Al mismo tiempo es una educación de baja intensidad si la comparamos con muchas otras regiones del mundo. Baja intensidad en términos de qué, cuánto se enseña y con qué profundidad. Yo siempre digo, con una visión crítica, que las escuelas argentinas enseñan a no pensar. Es una frase un poco provocativa, pero hay mucho de cierto en ella. Lo que están aprendiendo los chicos y las chicas hoy en muchas escuelas, es lo que se llama en educación Conocimiento Inerte, ese conocimiento que te queda en el arcón de la memoria y lo podes reproducir, sí, pero no lo podes usar como lente para comprender y actuar sobre el mundo. Son aquellos conceptos que aprendimos en la escuela y a los que muchas veces le dedicamos mucho tiempo de estudio pero nunca comprendimos del todo y hoy no podemos usar. Y también es una educación muy desigual en términos de financiamientos, de recursos, de capacitación docente. En las distintas provincias y también en distintos sectores sociales de un mismo lugar.

¿Cuáles son las nuevas skills que deben tener las y los docentes hoy?

Muchas de las habilidades que tiene que tener un docente hoy son las que siempre han tenido que tener y hay algunas nuevas. Pero quiero empezar por las viejas porque es esencial que podamos garantizarlas y no siempre lo están. Lo primero que tiene que conocer un docente muy bien, es el contenido que enseña. Saber cuáles son las grandes ideas de la disciplina que enseña, los temas que tiene que enseñar, cuáles son las preguntas detrás de ese conocimiento, cómo se construye el conocimiento. Te doy un ejemplo del área de la ciencia. Un buen docente de la ciencia no solo tiene que saber los conceptos centrales de la biología por ejemplo, sino también cómo se saben todas esas cosas, cuáles son las evidencias detrás; cómo se formula una buena pregunta investigable; cómo se diseña un experimento o se interpretan los datos. Todas las habilidades de pensamiento que tiene que ver con la construcción de esas ideas y que los alumnos tienen que aprender. Y lo mismo en todas las demás áreas. Por ejemplo, en matemática, cómo se resuelven problemas de distintas maneras, cómo se conecta eso con la vida cotidiana. Hay una parte importante que sigue siendo el conocimiento disciplinar.

¿Qué tipo de actividades deben proponer?

Hay otra parte clave que es la necesidad de poder planificar buenas actividades de aprendizaje. Que pongan al alumno en rol protagónico. Que conecten el contenido con la vida real y que los inviten a debatir, crear, investigar, producir, inventar cosas, reflexionar sobre lo que aprendieron y por qué es importante Montones de tareas que los ponen en un rol que va más allá de estar sentados incorporando conocimiento acabado que no terminan de entender. 

¿Y en cuanto a la evaluación? ¿Cómo deberían ser?

También es esencial que tengan la habilidad de evaluar los aprendizajes de manera auténtica. En educación hablamos de Evaluación Formativa, una evaluación que ayuda a los alumnos mismos a seguir aprendiendo, que va más allá de darles una nota y pasar al tema siguiente. Por ejemplo, implica que los alumnos aprendan a autoevaluarse o a evaluarse entre pares. Que las tareas de evaluación que proponen los docentes vayan más allá de una prueba escrita donde puedo repetir cosas que no entendí y se parezcan más a casos, situaciones o problemas de la vida real que los alumnos tienen que interpretar y resolver usando los conceptos y habilidades de pensamiento que aprendieron. Y por último, lo más evidente y sobre todo en tiempos de pandemia, es la posibilidad de integrar de manera potente las nuevas tecnologías, las llamadas TIC, a la enseñanza. Poder usarlas de maneras que vayan a favor de esta visión pedagógica que te mencionaba, de sacarle el jugo a todas las oportunidades que dan las tecnologías digitales para mejorar la enseñanza.

“Lo primero que tiene que conocer un docente muy bien, es el contenido que enseña”

¿Existen nuevas maneras de educar? ¿O se restructuran las ya instaladas?

Hay muchas estrategias de enseñanza que ya tienen muchos años y siguen siendo super potentes. Toda la línea de lo que se llamó la Escuela Nueva, movimiento de educadores que se inició a principio del Siglo XX, que hablan de la educación basada en la experiencia, el rol participativo de los alumnos y la necesidad de reflexionar sobre el aprendizaje. Todo eso ya tiene muchos años y sabemos que funciona. Hace mucho que ya sabemos cómo enseñar “bien”. Lo que todavía no sabemos es cómo poner en práctica esas visiones en la masividad de las escuelas. También hay nuevas maneras de enseñar que aprovechan las tecnologías digitales. Por ejemplo, hay una estrategia (que creo yo que es muy potente) que es la del “Aula Invertida” que implica dar vuelta la lógica de una clase tradicional aprovechando el potencial de lo audiovisual. Usar videos para que la parte teórica se dé ya sea a través de un video documental o un video de un mismo profesor explicando. Y luego, usar el tiempo cara a cara con el docente (virtual o presencial), de modo que sea un tiempo más rico, en términos de intercambio con los alumnos. Que el tiempo de clase no se use solamente con un docente explicando y los chicos tomando nota. Sino justamente que eso esté resuelto y los chicos puedan ver el video en su casa antes, con una guía o algunas indicaciones que da el docente. Que el tiempo de clases se use para resolver dudas, para la discusión, para el intercambio, para poder hacer conexiones con los temas que vieron de antes, para producir trabajos en conjunto. Todo lo que implica un trabajo intelectualmente más desafiante para los alumnos.

Investigas sobre la enseñanza del pensamiento crítico y curioso, desde el jardín de infantes hasta la universidad ¿Cómo se potencia estas cualidades?

En primer lugar, es esencial empezar temprano. Cuando los chicos son bien chiquitos. Desde el jardín de infantes. Y seguir de manera sostenida y coherente a lo largo de toda la escolaridad. Por ejemplo es importante enseñarles cómo hacer una buena pregunta, cómo observar, cómo medir, cómo comparar y otras habilidades de pensamiento bien básicas que se van complejizando con los años. Cómo aprender a experimentar o a analizar si la información que me dan, que leo o escucho, tiene sentido o no, si tiene evidencia detrás. Todo lo que hace al pensamiento crítico: cómo analizar las noticias con las que me encuentro. Cómo analizar problemas. En la enseñanza de la ciencia, por ejemplo, se habla de analizar asuntos socio-científicos como pueden ser las problemáticas ambientales que no solo requieren, para ser resueltas, poner en juego lo que sé de la ciencia, sino también incluir una mirada social, política, económica, filosófica que entran en juego a la hora de pensar esos problemas. Insisto que, todo esto que estoy diciendo, ya está desarrollado y hace mucho. Hay libros, capacitaciones docentes, guías didácticas, hay mucho hecho que creo que hay que seguir profundizando para que empiece a convertirse en una realidad en el trabajo en todas las escuelas.No tenemos que inventar la rueda.

Hay una frase que dice que “la mejor educación comienza en casa” ¿Coincidís? 

Coincido en que el vínculo que los chicos tejen con el conocimiento, ese amor por aprender que queremos que se les despierte y se les mantenga encendido toda la vida, parte de lo que sucede en casa. Son de una generación que va a necesitar aprender como nunca antes durante toda la vida, seguir reinventándose. Yo estoy muy convencida de que buena parte de ese vínculo se teje en casa. En las interacciones cotidianas que tenemos, las conversaciones, los juegos, las actividades que hacemos en familia, las lecturas. Y también, por supuesto, se teje en la escuela. Por eso es tan importante la escuela, sobre todo para los chicos que vienen de familias donde ese capital cultural que la escuela ofrece no lo traen de casa. 

“Parte del oficio del estudiante tiene que ver con la habilidad de aprender a aprender”

¿Cuál es la realidad argentina de la educación en el hogar?

No está muy estudiada la educación en el hogar en Argentina, pero pasaron cosas muy interesantes durante la pandemia, en la que las familias tuvieron que poner el hombro y acompañar los aprendizajes de los chicos en casa. Yo di muchos talleres y espacios de reflexión con familias y creo que pasaron distintas cosas el año pasado que nos ayudan a pensar sobre cómo padres y madres podemos acompañar a los chicos en sus aprendizajes. Algunas familias el año pasado tuvieron más posibilidades de acompañar a los chicos, más tiempo, más disponibilidad incluso emocional, y un saber que los ayudaba más a poder acompañarlos con la tarea de la escuela. Y, por supuesto, por distintos motivos, algunas no. Algunas vivieron situaciones difíciles, problemáticas de salud, laborales, entre otras. Creo que en muchos casos las familias padecieron la necesidad de acompañar el trabajo escolar de los chicos en casa. Y también no sabían muy bien cómo hacerlo. Cómo se acompaña a los chicos con los aprendizajes escolares. ¿Qué hago? ¿Les tengo que corregir los errores o no? ¿Me siento con ellos o los dejo solos? Dependiendo de la edad obviamente, esto también era distinto, según el grado de autonomía de los chicos. Pero en todos los casos era necesario acompañarlos. Y esa fue una de las razones por las cuales la pandemia y la educación remota aumentaron aún más la brecha educativa que ya teníamos, con muchos chicos y chicas que quedaron muy desconectados de la escuela en 2020. Yo trabajé con muchas escuelas en la búsqueda de ver cómo podían ayudar a las familias a atravesar la educación en casa sin morir en el intento, sin padecerlo y además pudiendo enseñarles lo que se llama “el oficio estudiante” a los chicos. 

¿Y cómo es el ‘oficio’ del estudiante?

Parte del oficio del estudiante tiene que ver con la habilidad de aprender a aprender. Con aprender a concentrarse, a poner foco, con ver por dónde empezar,. Con poder decir con mis palabras “qué me pide una consigna que haga”. Con poder de autoevaluarse y ver si va bien y no depender siempre de la mirada externa del docente. Son cuestiones metodológicas, de técnicas de estudio que para la mayoría de los chicos no vienen dadas, que alguien se las tiene que enseñar, y que son claves para el buen desempeño escolar. Todo eso es esencial para el aprendizaje más autónomo y este año pasado las familias tuvieron que tener ese rol que antes, mejor o peor, hacían las escuelas. Un colega mexicano me decía una frase que me dio mucha risa, muy atinada: “Las familias en 2020, tuvimos que pasar de un momento a otro, de borrachos a cantineros y nadie nos enseñó cómo”. Tuvimos que ir del otro lado del mostrador y ponernos en un rol que nunca habíamos tenido. Familias que hasta ahora habían sentido que la decisión más grande que había que tomar era a qué escuela mandaban a nuestros hijos. Y justamente lo que se puso en evidencia el año pasado fue algo sobre lo que yo ya venía escribiendo antes de la pandemia y que forma parte de mi libro “Guía para criar hijos curiosos”, es que todo lo que pasa en casa, es profundamente determinante en la trayectoria educativa de los chicos. No es solamente decidir a qué escuela los mandamos o no. 

En 2017 diste tu charla TED sobre ‘cómo aprender en casa’. Luego de tres años y una pandemia de por medio ¿Qué cambios hubo a la hora de aprender en casa? ¿Cómo se puede aprender más y mejor?

Fue justamente lo que pasó el año pasado, con la pandemia, donde el aprendizaje en casa comenzó a ir más allá de las cosas que hacíamos los fines de semana, las conversaciones que teníamos o las actividades que hacíamos en familia cuando los chicos volvían de la escuela. Pasó a ser la modalidad básica de educación. Y una educación en casa que fue remota pero de emergencia, sin preparación. Por eso fue tan importante cuando algunas escuelas, aunque no fueron la mayoría, pudieron ayudar a las familias a ver cómo se hacía para acompañar lo mejor posible la educación de los chicos en casa. En general, la sensación más frecuente fue de desazón, de confusión. De padres y madres que estaban abrumados y no sabían como hacer. Algunos otros lo disfrutaron y creo que también ahí pasaron cosas lindas. Algunas madres y padres me decían: “sentándome con mis hijos pude conocerlos de otra manera, como aprendices, verlos a aprender, darme cuenta cómo son, qué les cuesta, cosas que yo ni conocía de ellos”. También a valorar más lo que los docentes hacen, porque muchos se dieron cuenta de la riqueza de actividades que proponían en las escuelas, aunque a otros les pasó lo contrario. Se alarmaron y se dieron cuenta de que lo que sucedía en la escuela, era menos interesantes de lo que ellos se imaginaban. Pasó de todo. Pero justamente la alianza familia/escuela se tuvo que fortalecer a la fuerza el año pasado. Y ojalá se siga fortaleciendo este año.

Por otro lado, diste una conferencia llamada “Preguntas para pensar” ¿Cómo definirías las ‘preguntas para pensar’?

La otra charla que di en TEDxRíodelaPlata se llamó “Preguntas para pensar” y empecé esa charla contando que, como investigadora, me dedico a analizar las preguntas que los docentes hacen en clase. No sólo las preguntas orales, sino también en los pizarrones, carpetas, evaluaciones. Y luego, a clasificarlas. En mis investigaciones encuentro siempre un balance inclinado hacia las preguntas que llamamos “fácticas”, que son preguntas que los alumnos pueden responder con un dato, con un hecho o una definición que puedo aprenderme de memoria y olvidarme al día siguiente. Un ejemplo de pregunta fáctica sería: ¿cuáles son las fases de la mitosis?. Montones de conocimientos inertes que nos quedaron ahí con alfileres, un poco en el congelador de la memoria de nuestros años de escuela y que hoy, como te decía antes cuando hablamos de conocimiento inerte, no podemos usar. Mis investigaciones en escuelas de todo el país y en América Latina muestran que la balanza está muy inclinada hacia eso. El espíritu de esa charla iba en tratar de dar pistas de cómo transformar preguntas fácticas en preguntas para pensar.

“Hay que transformar las preguntas fácticas en ‘preguntas para pensar’ porque es una de las maneras de innovar en la práctica real”  

¿Y cómo se transforman? 

Las preguntas para pensar son situaciones contextualizadas, casos o historias que pueden ser ficticias o de la vida real donde ese conocimiento no se tiene que declarar o decir solamente sino que se tiene que usar para resolver o explicar algo, para abordar un desafío. Yo daba en la charla un ejemplo de que una pregunta fáctica clásica es la de “¿Qué características tienen los seres vivos?”, que se responde de memoria diciendo: “los seres vivos nacen, crecen, se reproducen y mueren”, repitiendo como loros, sin haber comprendido. Una pregunta para pensar sobre este mismo contenido, por ejemplo, podría ser una historia. Cómo contar que yo estaba haciendo pizza en casa y se me acabó la levadura y entonces fui a comprar levadura al supermercado, y una señora cuando iba a pagar la cuenta me dijo: “cuidala muy bien a esa levadura. Ojo que es un ser vivo. Ojo que se te puede morir, tratala con cuidado”. Y yo le respondí: “¿Señora, usted está bien? ¿Esto que tengo acá no se parece a ningún otro ser vivo que conozca.” Pero cuando volví a mi casa, me quedé pensando: “¿y si la señora tuviera razón? ¿Cómo puedo saber si esto que tengo acá es o no es un ser vivo?” Y ahí entonces, la información sobre las características de los seres vivos la voy a necesitar, pero no es el punto de llegada, es un punto de partida para ponerme a pensar, ponerme en este caso a idear experimentos para averiguar si la levadura, esa pastita que tengo ahí, hace o no hace las cosas que hacen otros seres vivos. Por ejemplo, si respira, si se reproduce, si se puede morir. Entonces, empezar a transformar las preguntas fácticas en preguntas para pensar son un camino, una de las muchas maneras de innovar en la práctica real, de tomar. Yo la encuentro como algo muy potente porque todos los docentes hacemos preguntas. Hay que empezar a trabajar, mirar para adentro esas preguntas que estamos haciendo y ver cómo transformarlas. Es un camino que a mi me viene dando excelentes resultados en el trabajo con maestros y profesores de todos los niveles, incluso en la universidad y en el desarrollo profesional. 

Según una investigación que realizaste en un Instituto de Formación de Profesores el 71% de las preguntas que hacían los docentes en los exámenes eran fácticas. ¿Por qué la educación argentina se basa en estas y no en las de pensar? 

La razón por la cual la balanza está inclinada tan fuertemente hacia el conocimiento fáctico es porque hay una visión arraigada de que aprender es justamente eso. Que aprender es poder repetir contenido. Poder dar información, datos, fechas. Pero esa visión está lejos de lo que hoy concebimos como aprendizaje para la vida, aprendizaje profundo. Creo que muchos docentes por un lado, sienten que si no enseñan (por ejemplo, un docente de historia) montones de fechas a los alumnos, o un docente de ciencias naturales, que no enseña montones de términos de vocabulario científico, no están haciendo bien a los alumnos y en ese sentido, creo que ese énfasis en lo fáctico, en atiborrar de contenido que podríamos llamar más superficial, está hecho con las mejores intenciones. Pero, por otro lado, también me parece que la dificultad pasa en parte por poder proponer actividades más desafiantes sobre esos mismos temas donde los docentes pongan a los alumnos a pensar, no solo a repetir y declarar contenido, sino a relacionar, a poder analizar las evidencias detrás. A poder proponer ellos mismos sus preguntas. A poder crear algo nuevo con ese conocimiento, a resolver un problema conectado con la vida real. Todo eso requiere una caja de herramientas didácticas mucho mejor armada. Parte de la solución pasa por seguir fortaleciendo las estrategias que tienen los docentes a mano hoy tanto para enseñar como para evaluar.

Sos Investigadora del CONICET y cofundaste Expedición Ciencia una asociación civil sin fines de lucro abocada a extender el entusiasmo por la ciencia y pensamiento científico en los jóvenes. ¿Cuál es el interés de los jóvenes de hoy en la ciencia? ¿Hay más o menos interés en comparación con otros años?

No sé si se sabe cuánto fue variando el interés en la ciencia en comparación con otros años. Pero creo que hay una mirada colectiva cada vez más fuerte hacia la importancia de los futuros laborales en lo que se llama las “Carreras STEM” que son las siglas en inglés de “Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemática”. Creo que hay mayor conciencia social de que el futuro va por ahí, que las carreras en ciencia y también en tecnología, por supuesto, van a ser (y, por supuesto, ya son) esenciales para el desarrollo de cualquier país. Es clave preparar para ese futuro a los chicos y chicas. y digo chicas porque es esencial poner el foco en que las niñas y las adolescentes, mujeres, vayan también pudiendo concebirse a sí mismas como científicas, como tecnólogas. Yo creo que hay un movimiento social fuerte hacia ese lado y que seguramente se manifieste en lo que muchos chicos y chicas quieren para su futuro. Sin embargo, creo que hoy todavía (y lo veo mucho en mis investigaciones), la educación científica y sobre todo en la secundaria, queda muy lejos de esa visión más centrada en el desafío y en la resolución creativa de problemas del bichito de la curiosidad que hace tan atractivo al trabajo o a una profesión científica o tecnológica. Cuando la educación secundaria no abre esa puerta al conocimiento como algo atractivo, como algo posible, apasionante, genera que muchas vocaciones no se abran nunca, no se enciendan. Muchos chicos y chicas podrían ser científicos/as, tecnólogos/gas pero no logran nunca abrir esa puertita y empezar ese camino.

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